Kobane, año 1 de la esperanza

Doce meses después de la liberación de Kobane, la ciudad pide ayuda para la reconstrucción mientras los kurdos desarrollan su ideario político

La cronología de la batalla por Kobane, en Siria, fue avanzando cada día para poner a escasos metros a dos enemigos mortales. En septiembre de 2014 el Dáesh conquistó los pueblos de la zona y apuntó con tanques y artillería hacia la ciudad. Después, kilómetro a kilómetro, metro a metro, cercaron la ciudad. Llegó octubre y el Estado Islámico (EI) izó su bandera negra en una parte de Kobane.

Los kurdos de Siria guardaban “la última bala para no dejar su vida en manos del enemigo”, explica Mustafá Abid, originario de la ciudad fronteriza con Turquía y que perdió a varios familiares en la batalla. Después de cuatro meses de asedio, el 26 de enero de 2015 la milicia de Kobane levantó el cerco. Y empezó la ofensiva para expulsar al Dáesh de la región de Rojava, el territorio kurdo en Siria. Un año después, la ciudad sigue desparramada por las calles, en toneladas de escombros. Sin suministro eléctrico ni agua en las casas, sus habitantes hacen un llamamiento internacional para la reconstrucción.

Sara A. activista madrileña de la plataforma Rojava Azadi, de apoyo al Kurdistán, visitó la zona en marzo de 2015. En el paso fronterizo con Turquía, coincidió con miles de personas que volvían a Kobane. “La ciudad estaba en ruinas y en las pocas casas que quedaban en pie, el Dáesh había dejado minas y otras trampas”, narra.

Un hermano del kurdo Abid encontró 15 cilindros de TNT en su casa preparados para explotar cuando alguien entrara. “Nuestra gente aguantó muchos meses refugiada en Turquía”, cuenta, “pero no querían irse a Europa, solo pensaban en volver rápido aunque durmieran en tiendas de campaña”. Se calcula que el número de desplazados en este frente de combate fue de aproximadamente 300.000 personas.

“El único freno que el EI ha encontrado en muchos lugares de Siria es el pueblo kurdo”, explica Manuel Martorell, periodista navarro y autor de varios libros sobre la región. El territorio, del este al oeste del país junto a la línea fronteriza con Turquía, se proclamó autónomo y se organizó para la defensa contra los yihadistas.

El Estado Islámico quería destruir a los kurdos y atacó la región central, Kobane. Así podría aislar los otros territorios: Afrin, al noreste, y Tal Abyad y Yazira en el noroeste donde vive esta población.

En esos primeros momentos del combate, “para Europa y Estados Unidos no era estratégico defender las poblaciones kurdas”, rememora Abid, quien vive en España desde los años 70. La guerra se hizo urbana, casa por casa y “Occidente vio que los kurdos no nos rendimos”, continua, “y comenzaron los bombardeos de la coalición internacional”. Según explica Martorell, Francia y Gran Bretaña se dieron cuenta de que “si caía Kobane, caería toda Siria”.

Llamamiento internacional

La intensidad del combate en Kobane creó una ciudad de escombros, con casi el 70% de sus edificios derruidos. Sara A., activista de Rojava Azadi, visitó los primeros proyectos como la cooperativa de pan, las escuelas y los hospitales. “Necesitan la ayuda de ingenieros, de arquitectos, de gente que desmine las casas y los campos, también, de educadores”, resume.

En esas primeras semanas tras la liberación, los vecinos durmieron en tiendas de campañas o en las casas que habían quedado menos afectadas en la zona oeste de la ciudad: “Se metían varias familias en cada vivienda”, añade Mustafá Abid.

El Gobierno de la ciudad ha realizado un llamamiento de solidaridad internacional para reconstruir la ciudad que resistió contra el Dáesh “y luchó por toda la humanidad”, sentencia Abid. Un año después “la situación ha mejorado” explica el kurdo, pero Turquía controla de manera arbitraria la frontera y muchas veces no deja pasar los suministros. “Abre el paso solo dos días: lunes y jueves. Así que muchas veces los materiales de construcción tienen que entrar desde Irak”, narra Abid. Por eso, pide a las Naciones Unidas que abra un corredor humanitario hasta Kobane.

Uno de los proyectos que dependen de la voluntad del país vecino es una imprenta traída desde Alemania. Con ella, quieren editar los libros para las escuelas, que serán una parte vital en la revolución social puesta en marcha.

La transformación social

Sara A. viajó a Kobane para ver con sus propios ojos ese proceso basado en el confederalismo democrático: una teoría política cercana al socialismo de inspiración libertaria. Y documentó muchos de los cambios que el Gobierno regional está implantando en Rojava. En las escuelas, las clases son en kurdo y en árabe. Por primera vez, la población local puede estudiar en su propio idioma, que estuvo prohibido.

Además, las decisiones se deben tomar por consenso. Incluso dentro de la milicia donde la formación ideológica es muy importante. “Los miembros de las fuerzas de autodefensa, las YPG y las YPJ (por sus siglas en kurdo) celebran asambleas de autocrítica y cualquier miliciano puede pedirle explicaciones a su comandante y este está obligado a escucharle”, cuenta Sara A.

Respecto a la igualdad entre hombres y mujeres, en Rojava “se ha prohibido la poligamia, las mujeres pueden heredar y la paridad se empieza a aplicar incluso en la milicia, donde el 30 o el 40% de los soldados son mujeres”, explica Abid. “Estamos más avanzados que en algunas partes de Europa”, concluye, orgulloso, el vecino de Kobane.

En el primer aniversario de la liberación de la ciudad, los kurdos celebran la victoria y sus consecuencias: “La derrota de Kobane fue el golpe más duro recibido por el EI. Ha perdido la hegemonía y desde entonces solo cede territorios”, señala Manuel Martorell. Sobre el mapa de Siria, se han convertido en un aliado contra los yihadistas e incluso se han lanzado en la ofensiva por liberar otras ciudades fuera del Kurdistán sirio. Y en el escenario político, los kurdos “se ganaron en el campo de batalla el respeto de ser escuchados, aunque tuvieron que pagar el precio de ver morir a muchos de sus jóvenes”, concluye Martorell.

El reportaje fue publicado originalmente en euskera el día 26 de enero en Berria.

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