Al encuentro del coronel Kurtz y del doctor Livingstone

Entramos en África con un medico, un cocinero, muchos periodistas y una matrona. Nuestra expedición por Etiopía parecía destinada a encontrar al doctor Livingstone. Aunque el objetivo, allá en Wukro, en las montañas del norte, se parecía más a localizar a Kurtz, el personaje de Apocalypse Now. El 25 de junio, los catorce miembros del pelotón ciclista de la Fundación Etiopía Utopía cruzamos la meta después de haber pedaleado 1.000 kilómetros por los caminos etíopes.

Tras diez días de viaje, afrontamos las últimas cuestas y sus bajadas con incertidumbre. La lluvia nos había alcanzado en una región, Tigray, árida y seca. En el pelotón temíamos una caída, un pinchazo o una bicicleta que no aguantara más y se rindiese. Otra vez más. Etiopía se cobro el peaje de cinco golpes contra el suelo, cinco cámaras de aire rotas y dos patillas (la pieza que engancha el cuadro y el cambio) rotas. La bicicleta azul, donada por la Policía Local de Burgos y Ciclos Juárez, entró en Wukro reconvertida en una montura de piñón fijo.

Nuestras primeras pedaladas en Etiopía fueron a 3.000 metros de altura. Habíamos partido de Adis Abeba en autobús para salvar la cumbre de Entoto, una montaña disparatada que vigila la capital. Subíamos resoplando de alivio mientras a nuestro lado entrenaban los atletas locales de fama mundial. En un páramo recorrimos los primeros metros. Pedalear a esa altitud es como montar con la corbata muy apretada. A los cinco minutos ya estábamos planeando llamar a un taxi y organizar un viaje solidario de motocicletas.

La primera etapa tuvo recompensa. La meta estaba al final del cañón del Nilo, un descenso de entre 15 y 20 kilómetros. Desde la cumbre se veía el vapor de agua del río que se mezclaba con la luz rojiza del atardecer en Etiopía. Ahí abajo, entre los meandros del Nilo, hay cocodrilos, babuinos y leones. Es uno de los mejores paisajes de África.

Los siguientes días recorrimos las carreteras de la región de Ahmara, el oeste de Etiopía. En nuestro horizonte estaban las ciudades más importantes del antiguo imperio abisinio. Entre el lago Tana, Gondar, Axum y Adrigat conviven los judíos negros, llamados falachas, los católicos, los ortodoxos coptos y, cada vez más, los musulmanes. Los habitantes de Ahmara son una mezcla entre fenicios, hebreos, sirios y sudaneses. Y, como dicen los paisanos, la belleza etíope es suya, la de sus rostros estilizados. Mezcla de mil razas.

La bicicleta nos ha dado la posibilidad de ver la transformación del paisaje, las carreteras y el rostro de los etíopes. En Adis Abeba, mas de uno nos dedico una peineta elegante y un insulto. Había rencor en sus miradas. Fuera de la ciudad, una caravana de ciclistas era como si hubiese llegado el circo a la ciudad. Los niños se acercaban corriendo y asombrados con los ancianos mirándonos desde lejos, con sus ojos hundidos entre arrugas, sonriendo como si recordasen correrías de juventud.

Ahmara parece la tierra prometida. Llueve. Y sus pastos verdes y fértiles producen el mejor tef del país. Este cereal es el ingrediente con el que se elabora la inyera, una torta agria, el plato cotidiano de Etiopía. El agua aquí determina quien pasa hambre o no. En Ahmara muchos niños van al colegio de uniforme, en desfiles kilométricas que recorren los pueblos. El chico que asiste a clase no esta de sol a sol en el campo, cuidando vacas que son dos y tres veces mas altas que él.

Dejamos el paraíso atrás. Salimos de sus valles cruzando puertos de montaña hacia paisajes nuevos. En Gondar se unieron dos ciclistas etíopes: Haile Selassie (una reverencia por el emperador) y Hailay Hareyom. A la salida de la ciudad subimos un puerto de 30 kilómetros. Parecía que no acababa nunca. Giramos una curva de cuarenta y cinco grados y otra nueva cuesta. Hasta la brisa de la cumbre nos engañó.  Finalmente, llegamos a un pueblo situado a 2.800 metros de altitud (desde Gondar, un desnivel de 700 metros) y los ciclistas etíopes pedían mas guerra.

A pesar de las caídas, los pinchazos, las pocas horas que hemos dormidos entre etapas, tuvimos que anular la sexta jornada por el estado de la carretera. De Debark, encajado en las poderosas montañas Simien, y Axum la meta, en la región ya de Tigray, hay una pista de barro que llaman carretera. Es impracticable en bicicleta. Tardamos 14 horas en recorrer 240 kilómetros dentro del autobús. Hubo tramos de carretera que fueron aplanados por excavadoras ad hoc para que pudiésemos continuar.

El ultimo días recorrimos solo 64 kilómetros, entre Adrigrat y Wukro. Después de tantas jornadas de viaje, estábamos muy cerca de Ángel Olaran. el misionero que hace dos décadas construyo un orfanato en el Tigray. Entre las montañas del norte, haya perdido en una selva de problemas. Es una región castigada por la guerra contra Eritrea y sus consecuencias: sida, prostitución, miseria, tensión militar, etcetera.

Los catorces ciclistas pedaleábamos a su encuentro. Faltaban pocos kilómetros, íbamos agrupados en pelotón y llovía. Trajimos el agua. A la entrada del pueblo nos recibió el equipo ciclista de Wukro, surgido en torno a la misión de Saint Mary de Olaran. Eran catorce chicos y cinco chicas, y para ellos eran las bicicletas que hemos traído desde España y con las que hemos cruzado su país. En el recibimiento, Olaran recordó que hace diez años no había casi ninguna bicicleta en el pueblo y que hoy pueden contar orgullosos con Meserrat, campeona de Etiopía y Gatechew, ganador del Tour de Ruanda y corredor profesional de un club de Sudáfrica. Como no, también saludan con orgullo a Haile y Hailay, nuestros compañeros de ruta, los que pedalearon con los farengi (extranjeros).

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