La clase obrera, crónica del 22M

La clase obrera

“Que viva la lucha de la clase obrera”. Miles de personas gritaban en Madrid en las aceras, en la calzada, detrás de las pancartas o delante de ellas, en una mezcla sin orden y colorida, de gente de allí y de allá que invadía la calle. Esa frase furiosa en la Marcha de la dignidad, el 22 de marzo, fue un cambio de mentalidad entre los manifestantes. En el 15M, en 2011, decían: “No nos representan”. En 2014, hay una lucha: lucha de clases.

En esos tres años ha azotado mucho más el hambre, los desalojos y la desesperanza. El autoestima de los parados se consume día a día. Por eso, la concepción de la crisis y de su solución ha cambiado. Ha cambiado entre una enorme mayoría de ciudadanos que antes no se manifestaban. En el 15M había muchos jóvenes; en el 22M, muchos adultos. Pueden ser esos jóvenes transformados súbitamente en adultos por la vida precaria. Pero no, en Madrid también marcharon ancianos y padres con hijos.

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La Marcha de la dignidad fue el primer acto público de una sociedad engendrada en los escraches y en la paralización de desahucios por parte de la Plataforma de afectados por la hipoteca (PAH), en las mareas por la educación y la sanidad, en los campamentos de la dignidad de Extremadura y en el apoyo a la acción directa del Sindicato andaluz de trabajadores (SAT). No es una sociedad nueva, es una evolución lógica frente a la locura económica actual. Siempre ha estado ahí pero con miedo porque debían proteger su trabajo, su casa y su comida.

Ahora que los medios de comunicación tradicionales atacan sin piedad estos métodos, la gente los defiende. Son los miembros de la PAH los que pelean con los bancos; son miles de activistas que están denunciando a los culpables de causar dolor. En Madrid, se aplaudió su paso valiente.

“Que viva la lucha de la clase obrera” es un grito también contra los voceros de la competitividad sangrienta y los ajustes crueles. De abajo arriba. Frente a esas palabras que matan, que marcan como culpable al parado, al precario y al hombre desesperado que se suicida tras ser desahuciado. Frente a esos altavoces del poder económico, la Marcha de la dignidad. La clase obrera caminando. Manifestantes que se abrazan y se sonríen aunque no se conocen. Pero que se juntan en el dolor común de la crisis.

El discurso es viejo: capitalistas y burgueses, lucha de clases y poder popular; pero los recortes son de hoy.

Y al final de la Marcha, las pelotas de goma y los porrazos en una plaza llena. Un fotógrafo cae al suelo. A un chaval se lo llevan herido en volandas. Gritos de caos. Y si no merece mucho espacio en esta crónica, aunque sí que hay muchas fotografías, es porque los medios de comunicación ya han trillado bien ese campo.

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P.S.: Este discurso de Diego Cañamero: la voz pelada y la frente alta, es atronador. Fue muy digno. De clase obrera.

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